El mito de la autonomía: por qué la controversia de Sydney Sweeney no es culpa del feminismo
Por Norma Manuel
La reciente campaña publicitaria de la app de apuestas deportivas Novig, protagonizada por Sydney Sweeney, reavivó un debate que lleva años cocinándose a fuego lento en redes sociales: ¿cuándo una mujer que muestra su cuerpo ejerce una decisión libre, y cuándo está siendo cosificada? Pero en el fulgor de la discusión, un argumento se ha repetido hasta el cansancio: “el feminismo es el culpable”, porque supuestamente “invita a las mujeres a hacer con su cuerpo lo que se les dé la gana”. Esa lectura, además de simplista, es un supuesto ideológico que conviene desmontar.
El origen de la polémica
El detonante fue un anuncio de Novig en el que Sweeney aparece semidesnuda, rodeada de imágenes relacionadas con el deporte. La reacción no se hizo esperar: atletas como Ariarne Titmus y Amy Hunt criticaron públicamente la pieza por sexualizar el deporte femenino y en redes sociales la actriz fue acusada de “usar su cuerpo” para avanzar en su carrera. La actriz de series como Euphoria, respondió a los trolls y a las deportistas, defendiendo su derecho a decidir sobre su propia imagen, a través de fotografías en las que muestra a deportistas también desnudas. En este aspecto cabe mencionar que las opiniones en redes sociales han generado un dilema ¿la publicidad utiliza discursos polémicos para llamar la atención de las masas? Pues por un lado se critica a una mujer que auto explota su cuerpo y por el otro se observa una serie de imágenes hipersexualizadas de una mujer hegemónicamente bella.
¿Qué dice el feminismo?
La autonomía corporal no significa “hacer lo que se te dé la gana sin contexto ni consecuencias”. Significa algo más preciso: que la decisión sobre el propio cuerpo le pertenece a la persona, no al Estado, ni a la industria, ni a la mirada ajena. El feminismo no ordena a nadie a desnudarse, ni tampoco lo prohíbe. Lo que critica es la “coerción” en ambas direcciones: tanto a la mujer obligada a mostrar su cuerpo por presión del mercado, como a la mujer juzgada por decidir mostrarlo libremente.
El feminismo… cuestionado
Aquí está el corazón de la trampa discursiva. En esta polémica, el feminismo es culpado de la siguiente manera: a partir de una derecha que sostiene que la autonomía corporal “liberó” a las mujeres para cosificarse a sí mismas, en la que Sweeney es el resultado de esa ideología. El comentarista conservador Benny Johnson lleva dicho argumento un paso más allá: si el feminismo defiende que las mujeres “pueden hacer lo que quieran con su cuerpo”, entonces las feministas que critican a Sweeney se contradicen. Si la autonomía corporal es un derecho, ¿por qué la juzgan cuando Sweeney la ejerce?
La columnista Lía Gutiérrez del Inquirer, por ejemplo, describe a Sweeney como “todo lo que está mal con el feminismo blanco”: el argumento no es que el feminismo la empuje a desnudarse, sino que un feminismo individualista ofrece un marco que permite presentar la cosificación como empoderamiento, especialmente cuando la mujer que lo ejerce encaja perfectamente en el ideal de belleza dominante.
El resultado es que el feminismo queda atrapado entre dos fuegos: si una mujer se desnuda, es “producto del feminismo que cosifica”; si otra feminista la critica, es “hipócrita que no respete la autonomía”. En ambos casos, el feminismo es el chivo expiatorio y la pregunta real es ¿quién se beneficia de la cosificación en la publicidad?
Lo que es legítimo
La crítica al anuncio de Novig no es, en sí misma, antifeminista. Cuestionar que una empresa use el cuerpo de una actriz para vender apuestas deportivas, o que la cosificación siga siendo moneda corriente en la publicidad, es perfectamente compatible con el feminismo. La diferencia es a quién se atribuye la responsabilidad, a quién se persigue, a quién se cuestiona. El feminismo interpela a quien presiona o explota; en este caso los comentarios critican solo a Sweeney, la culpan y vive en una especie de persecución en la que no sólo se le acusa de su exhibicionismo, sino al mismo tiempo persisten juicios sobre su cuerpo, su belleza hegemónica o incluso, aunque parezca contradictorio, se abre un debate sobre si es o no hermosa.
Ante esto, Sweeney respondió publicando imágenes de atletas como Serena Williams, Ronda Rousey y Megan Rapinoe en sesiones de fotos semidesnudas, argumentando que “esto también es deporte”. Pero existe una diferencia clave entre una atleta que se desnuda en nombre del empoderamiento y una actriz que se desnuda como estrategia de marketing de una casa de apuestas. La crítica legítima no es “el feminismo obliga a desnudarse”, sino “la industria usa el cuerpo de las mujeres con fines sexuales, mercantiles y polémicos”.
Lo que la propia Sweeney ha dicho
No es la primera vez que la actriz enfrenta este escrutinio. En una entrevista con Variety en 2024, Sweeney declaró: “La gente se siente conectada y libre de hablar de mí de la manera que quiera, porque creen que he firmado mi vida... Es una relación extraña que la gente tiene conmigo, sobre la que no tengo control ni voz.” Esa declaración contradice la idea de que ella “elige libremente” ser cosificada: describe, una sensación de pérdida de control sobre su propia narrativa, además de su fallida defensa mostrando a mujeres empoderadas, las cuáles no tienen comparativo con su presentación hipersexualizada.
Lo que tenemos que pensar
Pensemos en torno a lo siguiente: la polémica no sólo polariza la opinión pública, sino que hoy por hoy, compromete y vende: atrae miradas, construye pensamientos. Unifica momentáneamente la atención de todos y de todas: feministas, deportistas, hombres, mujeres, apostadores y no apostadores, en fin, a favor y en contra, se unen en una misma mirada con una gran diversidad de posturas. Una forma brillante de visibilizar los productos capitalistas, en donde está de más el cómo se usa a las mujeres: campo de batalla ideológica, pues ahora hasta las ideas también perfilan a posibles clientes. Culpar al feminismo por la decisión de una actriz de participar en un anuncio es una forma de eludir las preguntas incómodas: ¿qué presión ejerce la industria sobre las mujeres? ¿Por qué la cosificación sigue siendo un recurso publicitario? ¿Y por qué, cuando una mujer decide mostrar su cuerpo, la conversación gira en torno a juzgarla en lugar de preguntarse quién se beneficia de esa imagen?
El feminismo, lejos de ser el culpable, es la herramienta que permite formular estas preguntas. El resto es un ruido que nos convierte en potenciales consumidores.




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