top of page
Buscar

El maestro José Luis Martínez S., un periodista consciente y protagonista de su tiempo

hace 10 minutos
5 min de lectura

“Bendito sea este monje cartujo de la memoria y de la prosa exacta: sus muchos más de los cinco lectores se lo agradecemos, porque su paisaje de la época es una magnífica plegaria cultural e ilustrada que alivia de la precariedad actual. Vivir no es necesario; leer, escribir, recordar y reconocer lo que se vive sí. Entonces, José Luis Martínez S. es necesario”: Fernando Solana Olivares.


Por Francisco Domínguez

Estudiante de la Maestría en Periodismo y Gestión Cultural


El maestro José Luis Martínez S. (Ciudad de México, 1955) recibirá el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, concedido por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). El próximo 6 de diciembre, en el Auditorio Juan Rulfo de Expo Guadalajara y como parte de la edición 40 de la FIL, seremos testigos del reconocimiento a quien, a lo largo de cinco décadas, ha ejercido una mirada atenta y crítica sobre el acontecer cultural de México.


Ya sea como reportero, editor de suplementos culturales, columnista de cepa o escritor de temas y personajes variopintos, el autor de “La vieja guardia. Protagonistas del periodismo mexicano” (Plaza & Janés, 2005) ha trazado un registro imprescindible de la vida cultural del país desde finales de los años setenta a la fecha. Muchos han tenido la fortuna de leerlo; pocos, sin embargo, tuvimos el privilegio de escucharlo y conversar cara a cara con él en las aulas de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, donde es profesor de asignatura.




Tuve la fortuna de cursar con el maestro Martínez S. la materia Revistas y suplementos culturales de los siglos XX y XXI, dentro de la Maestría en Periodismo y Gestión Cultural de la Septién. Escuchar sus lecciones fue un ejercicio entrañable de memoria que me devolvió a la década de los noventa, cuando me iniciaba de lleno en el ejercicio del periodismo.


Evocaba mis años de estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, cuando soñábamos con crear nuestra primera publicación. “Tiene que ser una revista o un periódico que reporte sólo buenas noticias”, decíamos ingenuamente un puñado de estudiantes. “¿Y dónde encontramos esa información? En la cultura.” No es que esté exenta de infortunios, pero en ese apartado que suele cerrar los diarios se encuentra la sazón de la vida y el eco de nuestra identidad.


El lenguaje del periodismo cultural es distinto: un ejercicio de imaginación, mas no de invención, sostenía el autor de “Herejías. Lecturas Para Tiempos Difíciles (Madre Editorial, 2021). Durante nuestras sesiones de los sábados cobraban vida los clásicos de la vieja guardia: desde el Ateneo de la Juventud (1909-1914) –aquel grupo que, entre tertulias y café, hizo del periodismo el testimonio de un país en pleno florecimiento cultural– hasta la revista “Contemporáneos” (1928-1931), cuya redacción abrió la puerta al cosmopolitismo al dar a conocer en México a figuras como André Breton, Jorge Luis Borges, T.S. Eliot o Carl Sandburg.




Había además una provocativa coincidencia. Mucho antes de encontrarnos en el aula, yo solía tocar base en “Laberinto”, el suplemento de “Milenio Diario” fundado y dirigido por José Luis Martínez S. A lo largo de los años, este suplemento ha demostrado ser un referente indispensable de nuestras letras por su libertad crítica y su apertura expresiva. Allí dialogan de forma natural los ensayistas y narradores consagrados de Iberoamérica con las nuevas generaciones de colaboradores a los que el maestro ha abierto la puerta de la prensa nacional.


En las clases se podía hablar, por supuesto, de las virtudes de los suplementos, pero la charla siempre terminaba inclinándose hacia los periodistas y escritores que los encumbraron. La fascinación del maestro Martínez S. por la figura de Fernando Benítez –su mentor en el suplemento “La Jornada Semanal”–, era indiscutible, y el paralelismo entre ambos resultaba inevitable: tanto Martínez como Benítez entendieron que la cultura debía sacudirse el polvo de la solemnidad y la rigidez académica para salir a conquistar a los lectores. Para estos referentes, el periodismo cultural va más allá de narrar la realidad: le da vida, la cuestiona y la transforma en un diálogo cercano para cualquiera que decida poner atención.


Así eran las sesiones con el autor de “El día que cambió la noche: Memorias de un noctámbulo en la Ciudad de México” (Grijalbo, 2016). Transcurrían con la fugacidad propia de la maestría. Apenas había tareas para llevar a casa; los ejercicios se resolvían allí mismo, ipso facto. Acostumbrado a colaborar en revistas semanales o mensuales, donde el tiempo permite sopesar cada frase, no podía evitar pensar que, de estar en una redacción sometida al yugo del reloj y al rigor del cierre de edición, me habría sentido afortunado de soltar la pluma bajo la tutela de El cartujo. Siempre generoso a la hora de revisar un texto, el maestro escuchaba, complementaba y sugería las correcciones necesarias para afinarlo.




Pienso en el periodismo como un oficio que requiere constante profesionalización y aprendizaje en las aulas; pero, sobre todo, en las páginas culturales. En mis inicios me deleitaba con la brevedad afilada del “Gato Culto” de Gabriel Zaid, las cátedras idiomáticas de José G. Moreno de Alba y el célebre “Inventario” de José Emilio Pacheco, cuya vasta cultura abarcaba con igual frescura a los surrealistas franceses que a los liberales del siglo XIX. Asimismo, sin haber pisado una escuela de artes plásticas, aprendí a descifrar la pintura mexicana a través de la mirada crítica de Raquel Tibol y Teresa del Conde, quienes semana a semana llevaban al debate público el muralismo, la Ruptura y el arte contemporáneo. Todos ellos encarnaron a una generación de autores cuyas plumas no sólo redactaban, sino que trazaban auténticas cartografías del conocimiento y del espíritu.


Hoy en día, el periodismo, la literatura y la cultura popular continúan siendo la materia prima de los suplementos. Ahora abrevo de personajes entrañables de todas latitudes que desfilan semanalmente por el agudo relato de “El Santo Oficio”, la columna del maestro Martínez S., donde la narrativa iguala a Marilyn Monroe con Vargas Llosa bajo el mismo rigor e ironía de la palabra.




En una de nuestras últimas clases, me dijo que no deberíamos detenernos en la nostalgia: hoy las posibilidades de la era digital son vastas y los lectores, exponenciales. Coincido plenamente. Las plataformas digitales han emergido como un nuevo semillero de periodistas y narradores.


José Luis Martínez S. es un periodista plenamente consciente y protagonista de su tiempo. Por ello, cerramos aquella conversación convencidos de que el periodismo cultural continuará sorteando –como en tantas otras épocas– la escasez de espacios, la inestabilidad laboral y la precariedad que enfrentan quienes ejercen el oficio. La esencia de la narración sigue siendo la misma; solo hay que aprender a adaptar la memoria y la prosa exacta al algoritmo.


Celebramos al maestro José Luis Martínez S., quien recibe el Homenaje Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez y se une a una selecta lista de escritoras, escritores y periodistas. Entre los galardonados en ediciones anteriores destacan José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Vicente Leñero, Huberto Batis, Cristina Pacheco, Juan Villoro, Sergio González Rodríguez, Adriana Malvido, Benito Taibo, Graciela Iturbide y Yolanda Zamora.

 
 
 

Comentarios


bottom of page